Primer encuentro de la comunidad de Taizé en Tierra Santa

Entre el 8 y el 15 de mayo tuvo lugar en Tierra Santa la gran “Peregrinación de Fe” de Taizé, que reunió a jóvenes de todo el mundo en los lugares santos de la cristiandad.  Taizé es una comunidad monástica cristiana con vocación ecuménica, fundada en 1940 en el pueblo francés homónimo por el monje suizo Roger Schutz. Actualmente, esta comunidad cuenta con cien hermanos, católicos y protestantes, procedentes de 25 países.  Al mismo tiempo, el pueblo de Taizé es también el lugar donde se reúnen miles de jóvenes de todo el mundo, impulsados por el deseo de rezar juntos, dar un sentido a sus vidas y reflexionar sobre el evangelio.

Este año, la Tierra Santa fue el lugar elegido como punto de encuentro de esta comunidad, cuya peregrinación recorrió varios lugares santos gestionados por las distintas realidades cristianas del territorio. También la Custodia de Tierra Santa se prestó a acoger en sus santuarios de Belén, Jerusalén y Galilea al gran número de jóvenes, de edades entre los 18 y los 35 años, que llegaron para la ocasión. Participaron también muchos cristianos locales, los que llamamos las “piedras vivas” de Tierra Santa.

El jueves 12, la peregrinación hizo un alto en el Monte de los Olivos: primero en la iglesia del DominusFlevit y, por la tarde, en la iglesia de las Naciones, dentro del huerto de Getsemaní.  El encuentro en la basílica, también llamada de la Agonía, se abrió con la lectura del evangelio de Marcos que narra el anuncio de la traición de Judas. Aquí, los jóvenes se reunieron en oración entonando numerosos cantos. De hecho, un elemento importante de la espiritualidad de Taizé es el reto de orar con personas que no tienen un idioma común: esto llevó a componer cantos que puede ser fácilmente aprendidos por cualquiera, cantos litánicos y meditativos.
Al final de la meditación, el grupo se dirigió con antorchas encendidas al santuario de San Pedro in Gallicantu, cruzando el valle de Josafat.

Precisamente allí nos reunimos con fray Emile, de la comunidad de Taizé, que respondió a algunas de nuestras preguntas sobre la belleza y la importancia de esta iniciativa.

Fray Emile, ¿cuál es la relación entre el ecumenismo promovido por Taizé y la Tierra Santa?

En Taizé, en Francia, a lo largo de los años hemos recibido a muchos cristianos procedentes de Tierra Santa, de distintas denominaciones cristianas. Además, invitado por el Instituto ecuménico de Tantur, en los últimos cinco años he venido personalmente a Tierra Santa durante un par de meses al año.  Así se han forjado amistades con muchos jóvenes y líderes de la Iglesia.

Tras nuestro encuentro en Beirut en marzo de 2019, en el que participaron treinta jóvenes palestinos, surgió la idea de intentar realizar un encuentro en Tierra Santa. Para ello, nos pusimos en contacto con las distintas Iglesias de Tierra Santa: greco-ortodoxa, católica latina, armenia ortodoxa, melquita, siria, luterana y anglicana. Todas expresaron su deseo de apoyar el proyecto. Ha habido un largo periodo de preparación, muchas visitas humildes y tardes de oración y reflexión. Nuestro grupo de coordinación estaba formado por miembros de todas estas Iglesias, que aportaron una importante contribución y ayudaron a elaborar un programa verdaderamente ecuménico. Naturalmente, cuando se trabaja juntos en un proyecto y un desafío común, se crean amistades que a menudo perduran en el tiempo. Y crece la conciencia de que necesitamos los unos de los otros y de que debemos estar juntos para afrontar los retos del presente.

¿Cómo y dónde se halla en Jesús el punto de encuentro entre las distintas realidades cristianas presentes en la reunión?

Tienes razón al subrayar la variedad de las realidades cristianas. Es cierto en el caso de los participantes en nuestro encuentro, pero también en Tierra Santa.

La diversidad, obviamente, no es un obstáculo para la unidad. Pero para apreciar las diferencias es indispensable un clima de confianza. Hace unos años, fray Alois, sucesor de fray Roger como prior de la comunidad, intentó expresar el lado positivo de la diversidad y usó la expresión: “Todos los que aman a Cristo”. Me encanta esta expresión. El amor por Cristo y por su misterio puede expresarse de muchas maneras diferentes. Y ecumenismo significa practicar el arte de la traducción. Ser capaz de ver cómo el amor por Cristo se expresa en determinados textos o prácticas. Cuando los jóvenes escuchan un texto evangélico leído en media docena de idiomas, o ven las muchas formas diferentes en que las personas han encarnado su fe, entienden que el cristianismo no es conformismo. Es una llamada radical a la creatividad.

¿Qué frutos se espera obtener al final de este encuentro?

Bueno, seguramente el crecimiento de la amistad entre cristianos de distintas denominaciones es algo que espero que siga desarrollándose. También el descubrimiento de una manera meditativa de orar es algo que pude dar frutos. La relación con Dios se convierte entonces en personal, dando quizá mayor profundidad a la identidad cristiana.

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